Cerca de las 12:00 am, después de un baño de tina, las contracciones aumentaron en intensidad y frecuencia.
Con Felipe lo supimos de inmediato: después de dos días en fase latente, por fin entrábamos en la fase activa del trabajo de parto. En ese momento pusimos en práctica todo lo que sabíamos y todo lo que habíamos aprendido en el taller de parto de Gestar y Parir: rebozo, masajes, vibración, presión, calor y movimiento. Cada una de estas herramientas nos permitió transitar las contracciones con mayor presencia. A eso se sumaron los ejercicios de vocalización, el baile, las caricias y las declaraciones de amor, que disminuían de manera significativa el dolor, aumentaban la oxitocina y me regalaban una profunda seguridad en mi capacidad de parir.
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A las 2:00 am ya era evidente que debíamos ir a la clínica. Las contracciones venían cada tres minutos.
Llegué con seis centímetros de dilatación, lo que nos permitió pasar directamente a la sala de parto. Allí nos encontramos con nuestra querida matrona Marcela Maldonado, quien se sumó al trabajo de parto con un profesionalismo, una presencia y un respeto profundos.Preparamos el espacio para recibir a nuestra hija: la imagen de su ecografía, la playlist de parto que había preparado con dedicación y una luz tenue que nos acompañó durante todo el proceso, ayudándome a entrar —y a quedarme— en el ritmo del parto.
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Durante las cuatro horas de trabajo de parto, Marcela resguardó con especial cuidado la intimidad del proceso, procurando que en la sala estuviéramos siempre solo mi pareja, ella y yo. Recién en el expulsivo convocó al resto del equipo clínico. En mi trabajo de parto no hubo anestesia, tactos innecesarios, episiotomía ni intervenciones que no hicieran sentido. El proceso fue guiado por mi cuerpo, acompañado con respeto y confianza.
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Parí en cuatro apoyos, tal como mi cuerpo lo pedía y como mi matrona acompañaba, mostrándome la posición que probablemente sería la más adecuada. Una postura erguida, funcional y, al mismo tiempo, profundamente sostenida. Parí desnuda, en movimiento, acompañada de vocalizaciones profundas que salían desde el cuerpo, no desde la cabeza.
El único momento en que sentí miedo fue durante el expulsivo. Y no fue el dolor lo que me asustó, sino la extraña e intensa presión sobre mi pelvis, sumada a la sensación de que mi cuerpo pujaba sin que yo lo buscara deliberadamente. Ver que mi cuerpo avanzaba más allá de mis decisiones me asustó; cuando una es un poco controladora, esas experiencias remecen. En ese instante, el abrazo amoroso de Felipe y la guía serena de Marcela fueron fundamentales. Su invitación a “rendirme” no fue una renuncia, sino un llamado a confiar en mi cuerpo, a cederle el mando y a acompañar los pujos inevitables. Luego me invitó a tocar la cabeza de mi hija cuando comenzaba a salir por el canal de parto. Al hacerlo, encontré el coraje necesario para soltar el último pujo y, finalmente, encontrarme con Fátima.
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Tras el nacimiento, vivimos un prolongado abrazo piel con piel. Tuve un desgarro muy pequeño y superficial, que no sentí, pude conocer y tocar mi placenta. Al evaluar el postparto inmediato, incluso el ginecólogo de turno se impresionó por el excelente estado en que había quedado mi vulva. Al día siguiente volvió a buscarnos para preguntarnos, con genuino interés, cómo nos habíamos preparado y qué habíamos hecho para poder vivir un parto tan empoderado y bonito.
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Este camino comenzó mucho antes del embarazo. La matrona Carolina Gonzalez nos acompañó desde el primer momento, no solo en lo relacionado con mi cuerpo, sino también entregándonos toda la información necesaria para que pudiéramos elegir conscientemente la clínica, el equipo médico y el plan de salud que queríamos. Fue ella quien me acompañó durante las primeras semanas de embarazo, sosteniendo ese inicio con presencia, claridad y cuidado. Luego continuamos con los controles con la Dra. Nereida Morales, quien destacó por su cercanía, su cuidado y por favorecer activamente el empoderamiento de la madre.
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Lejos de los discursos de miedo con los que me había encontrado en otros ginecólogos, fue profundamente reparador encontrar a una doctora dispuesta a creer en su paciente y en su cuerpo. Además, tuvo un rol muy importante durante la semana 15 de mi embarazo, cuando atravesé una peritonitis: en ese momento se mostró siempre preocupada, disponible y presente, sosteniendo ese periodo con profesionalismo y humanidad.
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Todo el proceso se sostuvo también con la formación y el taller de parto de Gestar y Parir, y estuvo marcado por la ética, la actualización, el profesionalismo y la calidez humana de todo el equipo.
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Hoy puedo decir que, si mi parto fue lo que fue, es gracias a que existen espacios y personas que lo defienden, lo cuidan y lo hacen posible. Y eso convierte esta historia en una trama llena de pequeños —y no tan pequeños— actos heroicos, capaces de cambiar por completo la manera en que una guagüita comienza a escribir su historia.
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Todavía recuerdo mi parto como un lugar al que siempre puedo volver.
Hoy, ese recuerdo se ha convertido en el momento favorito de mi vida: en él se condensa gran parte de mi historia, una culminación y, al mismo tiempo, un comienzo.
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Relato autorizado de @carola.fernandezn
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